jueves, 11 de diciembre de 2008

Nadie conocía el perfume

Entre los muchos libros que voy releyendo en busca de un poema apropiado para que los niños aprendan de memoria o, simplemente, por el placer de hacerlo ahora que el tiempo no me oprime el pecho, he probado de nuevo el sabor del Diván del Tamarit.

Hace unos años asistí a una conferencia en que Carlos Cano explicaba la experiencia de poner música a un poemario como este en un disco de una sensibilidad admirable. Contaba, con mucha gracia, cómo concierto tras concierto se le acercaban sus fans sexagenarias, seguidoras de la copla más que de la poesía del granadino, para expresar lo inefable de la literatura mejor que cualquier crítico adusto, con estas palabras, aproximadamente: "Carlos --le decían--, no he entendido ni papa, pero qué bonito". Yo no podía evitar recordar a aquellas monjas del dieciséis, en trance por la audición incomprensible de los versos de Juan de Yepes, de San Juan.

Vale.




"Gacela del amor imprevisto" (Federico García Lorca; música: Carlos Cano; intérpretes: Ana Belén Solá y Pilar Alonso).

La cara oculta de oriente.

Con su novela Estupor y temblores, Amélie Nothomb nos introduce en el Japón empresarial del que, aunque me interesa menos, hay un eco autobiográfico en la novela. El título, que remite a la actitud que debe mantenerse en presencia del Emperador, sintetiza el tema de la obra. Sobre todo el estupor (al fin y al cabo, los temblores son a lo sumo su corolario, si es que no el humor).

Podredumbre empresarial, envidias, zancadillas, arbitrariedad, existen en todas partes. El choque cultural no se halla en la diversidad de sentimientos o conductas, sino en su motivación. A igual estímulo, divergentes reacciones aquí y allá.

Excesiva la dureza de la bronca del gordo a Fubuki, la ninfa que enamora a Amélie (el personaje), violación simbólica sin duda reproducida centenares de veces en la cultura occidental, pero inmensa tolerancia y sumisión niponas por parte de esta; paradójica prohibición de hablar el idioma que ha llevado a la joven a ocupar un puesto en la multinacional, contradictoria caída laboral por un trabajo bien hecho a iniciativa propia, más o menos; terrible frustración femenina en el país, incluso en caso de éxito profesional; curiosas protestas ante la injusticia que repercuten en el beneficio de la madre empresa: Todo esto y algo más, en un par de horas de lectura amena. No está mal, aunque me costó regalar a cambio La especie elegida.

Vale.

Firmin



Firmin da nombre a dos grandes personajes literarios. El de la novela de Lowry ya mencionada en este blog y la rata humana, demasiado humana, del libro de Sam Savage.


Despierta a la vida consciente el animalillo nacido, por uno de esos azares de la madre naturaleza, en una librería del Boston de los años 60, por devorar no solo en sentido literal los libros del establecimiento. Este ser sabio y frustrado por la imposibilidad de formar parte de la comunidad cultural a la que pertenece pero, a un tiempo, capaz de renunciar a su instinto sin ignorar su condición, pese a cierto zoofílico interés por las hembras descocadas de la especie humana con la fascinación por el cine de telón de fondo, conduce a reflexiones más o menos profundas sobre el ser humano entre guiño y guiño al lector, siempre con la sonrisa en los labios.


Vale.
P.S.: Las divertidas ilustraciones que incluye la edición de Seix Barral son de Fernando Krahn. La más que aceptable traducción, de Ramón Buenaventura.

martes, 25 de noviembre de 2008

Todo vale

Merece la pena leer este artículo de Juan José Millás.

Juan Goytisolo


Con motivo de la sobradamente merecida concesión del Premio Nacional de Literatura a mi admirado Juan Goytisolo, recibido por su parte con un pasotismo sorprendido y sincero, exclusivo de quien está de vuelta, otro punto a favor, me gustaría poder glosar Makbara, Reivindicación del conde don Julián, Paisaje después de la batalla, Juegos de manos, Las semanas del jardín, Las virtudes del pájaro solitario o varios de sus ensayos, autobiográficos o no. Por fortuna (en el sentido ambiguo del término), no me veo capaz más que de decir dos o tres patochadas. Lo he olvidado casi todo. No sé si dar gracias a la memoria fallida por la posibilidad abierta al goce de nuevas lecturas o si maldecir mi suerte. Baste con mi felicitación y con mi reivindicación de la reivindicación de Juan Goytisolo.

Vale



P.S.: Goytisolo me ha gustado siempre mucho, pero lo he estudiado poco. Para ver fisuras, como siempre, la peor novela: Carajicomedia, en este caso. Ahí se le ve el truco.


domingo, 23 de noviembre de 2008

La niña y el buitre

La niña y el buitre puede parecer el título de una fábula. En cierto modo, lo es. Lo que no está tan claro es qué moraleja se ha de extraer.





En 1993, Kevin Carter, uno de los mejores fotógrafos de lo atroz, esperó --se concreta de manera invariable que unos veinte minutos-- hasta que el buitre entrara en plano y desplegara sus alas (aunque no lo hizo), para efectuar el disparo y cristalizar el momento. Se lo sirvió a quienes nunca soportaríamos haber estado allí. Algo más de un año después, se suicidó dejando atrás una desconcertante nota sobre el dolor del mundo.

El debate generado hace algo más de quince años, cuando le fue concedido el premio Pulitzer por la espeluznante imagen de que hablamos, quizá lo marcara. La incidencia de la muerte de otro miembro del Grupo Bang-Bang, su amigo Ken, en un lugar donde bien pudo haber estado él mismo --y quizá deseara haber estado--, unida al consumo de drogas de todo tipo que lo fueron deshaciendo y al establecimiento democrático de Mandela --con el corolario del fin de la violencia--, entre otros asuntillos de índole personal, hicieron el resto.

No me interesa en absoluto saber si ayudó o no a la niña, con mucho, la cuestión más demandada. Carter no estaba ahí para eso. Nosotros ni siquiera estábamos y, sin embargo, formamos parte de ese menos del veinte por ciento de la población que consume casi el noventa por ciento de los recursos del planeta. Reconocemos las desigualdades y nos consolamos con la existencia, como se decía en la Teología de la liberación, de estructuras de pecado de las que no nos sentimos responsables. Se acusó e imprecó al periodista por la espera macabra, se dijo que al otro lado del objetivo había otro buitre, pero ¿quién es el carroñero?

No se comprende con facilidad, me temo, que la fotografía no es el mundo, como no lo es un dibujo o una novela. Es solo su representación. Una representación artística de la realidad, que conmueve, suscita la reflexión y, como muchos de los trabajos de Carter, puede promover actuaciones globales. Cualquier valoración moral sobre el autor está de más y, en este caso, por si no bastase, me parece que el juicio yerra. La distancia. Esa es la clave para entenderlo. También Valle era distante, y Cervantes. La realidad que nos ofrecen... perdón: la representación de la realidad que nos ofrecen resulta, por lo menos, de la misma crudeza.

Vale.

sábado, 22 de noviembre de 2008

Un título para el blog

No es fácil poner un título antes de escribir. No se sabe por qué derroteros deambulará cada post, si se orientarán a un mismo fin o si, por el contrario, desaparecerá toda coherencia a las primeras de cambio. Primero se trabaja; el título llega luego, por aquello de que los últimos... etcétera.

Han caído los dos es una canción excepcional. No representa, sin embargo, lo que aquí va. Acepto sugerencias.

He considerado "Tranquilación", que me hace gracia --soy así de simple-- y "Mi cerebro es una rosa", de un poema desgarrador de Panero sobre el que escribí unos propios hace años, que ya quedan demasiado lejos de quien soy (no hablaban de lo mismo, lo digo por las dudas).

Después de tanto andar muriendo, me he decantado, también de manera provisional, por En la línea de sombra. La novela de Conrad, ahí está. Esa edad en la que si no se decide la vida que se pretende llevar, la vida lo termina decidiendo a uno, sobre mí desde hace demasiado tiempo. Pero este no es un blog íntimo ni se debe esperar confesiones personales más allá de lo que dice de uno lo que piensa sobre este o aquel libro, sobre este o aquel autor. Todavía me resta decoro.

Vale.