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domingo, 11 de abril de 2010

El mundo hecho pedazos de Lorenzo Oliván

Hace unos años escribí un trabajo sobre Lorenzo Oliván que me servirá en próximas entradas para reflexionar sobre un par de temas que me interesan, como la delimitación de los géneros literarios o la cosmogonía como telón de fondo de la literatura. Lo dejo por aquí, de punto de partida.



El mundo hecho pedazos de Lorenzo Oliván

“El aforismo es el discurso que mejor se acomoda a una realidad fragmentada” (J. A. Marina, Elogio y refutación del ingenio)


1. INTRODUCCIÓN

Seguramente Lorenzo Oliván no es una primera figura. Apenas ha merecido menciones en las obras de carácter general . Tampoco figura su nombre en todas las antologías. No creo, sin embargo, que la naturaleza de los factores que determinan esa situación sea el criterio de la falta de calidad de sus poemas sino, más bien, su reciente emergencia, a pesar de que sus primeras obras datan de 1988, pues es en los últimos años cuando parece haberse hecho un hueco en todas las nóminas.

Esta falta de asidero crítico, aunque genera alguna incertidumbre a la hora de sostener opiniones y ha de mostrar numerosas lagunas personales me permite, no obstante, una gran libertad en el comentario, que intentaré aprovechar.

2. LORENZO OLIVÁN . RESEÑA BIOGRÁFICA. NÓMINA DE OBRAS.

Lorenzo Oliván nació en Castro Urdiales (Cantabria) en 1968. Es autor de los libros de poemas Único Norte (Pre-Textos, Valencia, 1995), y Visiones y revisiones (Qüásy-editorial, Sevilla, 1995), con el que obtuvo el premio Luis Cernuda. Codirigió la revista de literatura Reloj de arena y actualmente codirige Ultramar y colabora con la revista cultural de El Mundo.

Ha sido incluido en la práctica totalidad de las antologías de poesía contemporánea recientes que conozco. Así, aparece en Selección nacional. Última poesía española, de J.L. García Martín, en Poesía española de ahora, de J. Magalhaes, en La poesía más joven, de Bejarano y Poetas de los noventa, de Piquero, en Milenio, Poesía Ultimísima, de Basilio Rodríguez... La proliferación de antologías es desbordante y, como ha indicado más de uno, hace de ellas un instrumento de estudio cada vez menos útil.

Más relevante parece señalar su preterición en algún caso, no por aislado menos significativo. Me refiero a la antología de M. García Posada, Poesía española, donde también faltan otros autores imprescindibles. La omisión no debe sorprender demasiado puesto que el volumen recoge, como reza el subtítulo, La nueva poesía (1975-1992). Hasta esa fecha había publicado Oliván Cuatro trazos (Biblioteca Oliver, Oviedo, 1988) y algo después La eterna novedad del mundo (La Veleta, Granada, 1993, con prólogo de Andrés Trapiello), obras con las que se introduce en el género del aforismo o la imagen, de la prosa que no lo es tanto o en absoluto al que también pertenece el libro del que nos ocuparemos pero que acaso no resultaran lo suficientemente valiosos como para destacar a su autor entre los seleccionados aquí.

Oliván es, asimismo, traductor. En este ámbito se ha ocupado de una amplia selección de la obra de Keats, publicada bajo el título de Belleza y verdad (Pre-Textos, Valencia, 1998). Trataremos de identificar el posible influjo de esta tarea y de la poesía de Keats sobre el libro que vamos a comentar: El mundo hecho pedazos.

3. LOS POSTNOVÍSIMOS .

Se ha alineado a nuestro poeta entre los postnovísimos si bien, por su edad y otros factores creo que se halla en una posición especial, tal vez a caballo entre estos y la siguiente promoción, aún en ciernes.

Con el fin de enmarcar la obra de Oliván en el seno de su generación, criterio que, aunque usualmente denostado, me parece útil todavía, esbozaré en estas líneas el perfil de la cuestión, los factores que definen la actitud poética del elenco de escritores al que se suele adscribir al que nos ocupa.

Se puede apreciar en la ya citada obra de Sanz Villanueva la dificultad existente en ausencia de tradición crítica en el trance de documentar y señalar auténticos cambios de actitud y apuntar direcciones nuevas en la poesía del momento. En la época de su publicación no había despuntado todavía, por poner un solo ejemplo, García Montero, entre los poetas de su hora. Por tanto, este autor se limita a consignar que la importancia política de una fecha como 1975 justifica la presencia de un apartado dedicado a la poesía escrita con posterioridad, fundado además en la aparición de una nueva caterva de autores. De su lectura se infiere también que no había manera de precisar los rasgos comunes a todos ellos o de unos cuantos. Por eso piensa que:

No es del todo exacto hablar de grupo porque, a diferencia de lo que ocurre con algunas tendencias anteriores, los nuevos poetas no se identifican con una estética colectiva y predomina, creemos, la práctica de una poesía personal -dicho de otro modo, de las individualidades- aunque dentro de una cierta tónica de época.

Lo cual, por motivos distintos de los sugeridos por el autor, no me resulta completamente falto de razón. En verdad, la estética de los postnovísimos, desde el nombre, se refiere a un alejamiento de la generación antecedente, pero no configurada en oposición destructora sino que opera al margen de ella , igual que los poetas coetáneos a los novísimos pero tardíamente incorporados por la crítica, como Juan Luis Panero; en su periferia, digamos. De ahí el sesgo particular que imprime cada poeta a la hora de posicionarse.

La fecha de 1975 le parece en cambio a Miguel García-Posada, a pesar del subtítulo de su antología, según reconoce debido al editor, intrascendente: la poesía, a su juicio, ya había iniciado nuevos rumbos antes de la muerte de Franco.

Lo que resta por esclarecer, en realidad, bastantes años después de la redacción de aquellas páginas, no es la existencia o no de un grupo, generación o como se guste, actualmente fuera de toda duda, sino qué autores comprende, hasta dónde alcanza, por qué cauces se desenvuelve, y otras cuestiones anejas que se dilucidarán con una mayor perspectiva temporal y estudios oportunos, no oportunistas.

Añadiré que suele mencionarse bajo esta denominación autores de tendencias muy dispares nacidos entre 1953 y 1968 aunque se incluyen en la nómina algunos poetas que, como Andrés Trapiello, nacido en 1952, empezaron a publicar de forma tardía. En el mismo caso podría hallarse nuestro poeta, pero en cabo opuesto, el que precisa del trascurso de un tiempo para poder discernir con claridad entre creadores y epígonos. Con todo, Oliván no demoró demasiado la publicación de su primer libro y, desde entonces, ha sido bastante prolífico, por lo que no veo óbice a su adscripción a los postnovísimos o generación de los ochenta, como la llaman otros, en principio. Máxime, teniendo en cuenta que la diversidad de tendencias, que para Basilio Rodríguez supone la abolición del tradicional movimiento de péndulo de la poesía española, por superación, da cabida sin problemas a casi cualquiera. Lo que no implica que no pueda gestarse una incipiente nueva generación de poetas cuyo signo está aún por ver, y digo incipiente porque no creo que Rodríguez Marcos, Carlos Briones, Carmen Jodra y Antonio Lucas tengan en este momento, juntos o por separado, entidad suficiente para ser considerados “la generación del 99” o de “fin de milenio”, como quieren algunos.

La corriente dominante de los postnovísimos ha sido – y es- la poesía de la experiencia (denominación mayoritaria) o figurativa (nombre que asigna Gª Martín a la poesía de la experiencia y a la poesía impresionista ). Oliván, en el libro que comentamos, no se adhiere claramente a una u otra, contra lo que se pueda pensar, prima facie, al leer las reseñas de la solapa.

Aquí me detengo. No es este lugar de enumerar o comentar por extenso las características comunes a este grupo, señaladas de manera coincidente por la crítica , con cierta buena voluntad, a partir de la palinodia de Jaime Siles (1991) y, por supuesto, del prólogo de Luis Antonio de Villena a su antología, de orden fundacional. Comentaré, eso sí, al hilo de la exposición, algún rasgo concreto que se manifieste en El mundo hecho pedazos, como la ficcionalidad del yo del autor, o alguno del que se distancie sobremanera, si es menester.

4. EL MUNDO HECHO PEDAZOS. EL AFORISMO. LA IMAGEN. EL HUMOR.

El mundo hecho pedazos, Pre-textos, 1999, es el último libro conocido de su autor, Lorenzo Oliván, poeta joven, en el límite ad quem de la generación de postnovísimos, dueño de una voz propia, singular. Lo que sorprende, después de más de diez años de dedicación a la poesía y con numerosos libros en su haber, con una carrera bien encauzada, digna si no consagrada, es una declaración como la que abre el prólogo, que suena a excusatio non petita. Dice allí:

Quiero suponer que el lector de este libro va a ver en él una huella, por muy leve e imprecisa que sea, de poesía. Al menos, el que esto escribe ha perseguido en los fragmentos que vienen a continuación (lo fragmentario siempre está cerca de lo poético) la perspectiva y la musicalidad de ese género.

Yo no dudo de la adscripción del libro al género poético, con independencia de su mayor o menor lirismo, si se me permite el término (cualquiera habría resultado igualmente vago en este contexto), pero lo cierto es que no hay un solo ingrediente tradicional del mismo en lo atinente a la forma, por lo menos, ni siquiera versos, aunque esto habrá de ser matizado. Están presentes a menudo, en cambio, la intensidad, la densidad, el enigma de todo buen poema.

La poesía, continúa el autor, se concibe como un espejo que devuelve la “mirada interior”, indagadora, del hombre, en palabras de Keats. Perdida la mirada adámica de niño asombrado de su libro La eterna novedad del mundo, queda sólo El mundo hecho pedazos: “¿Han probado ustedes a intentar reconocerse en un espejo hecho trizas?”, concluye el prólogo.

Como explica el poeta, el libro consiste en una sucesión de breves fragmentos en prosa, agrupados en diversas secciones. Una de mis mayores preocupaciones a la hora de redactar estas líneas consiste en dilucidar la ratio de cada sección. He desistido de hallarla en algunos de los casos. La intertextualidad es muy grande y el carácter breve y fragmentario de los poemas permite, salvo que se nos ofrezcan fundamentos en contra, su diversa ubicación. Por ello no creo que nos encontremos en presencia de un libro orgánico. Desde luego, no es narrativo. Sin embargo, algo que no puedo precisar me impide afirmar la mera yuxtaposición de los poemas.

Me voy a detener en los aspectos que, como lector, más me han interesado del libro: el humor y el aforismo. El mismo Oliván sugiere como subtítulos de sus páginas “intuiciones y dudas” o, mejor, por más explícito, a mi parecer, “imágenes y aforismos”. Idéntico motivo le condujo a llamar Visiones y revisiones su libro anterior, complementario de este, aunque formalmente muy distinto. También trataré de insertar el libro en una tradición. No hablaré de influencias sino de similitudes, porque no me constan las lecturas de Oliván, sólo las mías: las que el libro hace revivir por semejanza o contraste.

El mundo hecho pedazos es una visión radicalmente nihilista de la realidad cotidiana. En este aserto pueden incluirse casi todas las reseñas del libro que han llegado a mi conocimiento:

Oliván nos hace ver que las cosas que forman el mundo no son solamente los nombres que las denominan, sino auténticos misterios cotidianos cuya verdad más honda sólo puede conocerse mediante la poesía. (Juan Bonilla, Fin de siglo).

Lorenzo Oliván sabe mirar y ver. (Gª de la Concha, ABC).

...Un poeta que con solo cuatro trazos consigue crear ante los ojos asombrados del lector la imagen de un mundo a la vez cotidiano e insólito. (Gª Martín, La Nueva España).

Como se observa, los críticos suelen dejar de lado la dirección del contenido, quizá porque a pesar del desamparo que perfilan los poemas, consigue imprimir la huella de una sonrisa, aunque sea amarga. Este es el mayor acierto del libro, a mi juicio, y será el tema básico de mi exposición.


Aforismos, apotegmas, máximas, sentencias y otras denominaciones. Influencias o similitudes.

Ya dejé constancia de que al autor –y al editor- le parece que los poemas se remiten al género del aforismo, más ensayístico que poético, dicho sea de paso. El aforismo se define como “sentencia breve y doctrinal que se propone como regla de alguna ciencia o arte” (cfr. DRAE). No tengo inconveniente alguno en admitir en sentido lato la denominación preferida por el poeta o cualquier otra de las recogidas en el epígrafe, así como las de proverbio, concepto, greguería, epigrama, paradoja, anatema... todas ellas invocadas por algún escritor en un momento u otro para referirse, si se adopta cierta laxitud, a lo mismo. El propósito que me guía en este instante es el antes sugerido de inscribir el libro del que hablamos en el seno de una tradición.

No se observa en los fragmentos de Oliván carácter doctrinal o moralizador alguno, lo que los separa de la mayoría de las denominaciones propuestas. Al menos esa es mi impresión. Carecen de rima. No presentan disposición alguna en versos. Su redacción en prosa merece algún comentario porque este modo de hacer del autor se aleja de uno de los rasgos característicos de su producción anterior así como de los poemas “inéditos” posteriores incluidos en las antologías más recientes. En Único Norte, por ejemplo, hay un poema titulado “Como un aviso previo” que recrea una de las obsesiones del libro que venimos comentando, pero lo hace de la siguiente manera:

Como un aviso previo
al zarpazo final,
definitivo,
la muerte va arañando
recuerdos
que olvidamos.

En Visiones y revisiones, otro tema recurrente del poeta, desde el prólogo, se retrata así:

Mantiene el cielo a raya a un horizonte
esforzado en tender al infinito
y le hace ver el vértigo furioso
que da asomarse al fondo de uno mismo.

En esa línea podía rastrearse un antecedente inequívoco en Machado (“Proverbios y Cantares”, Juan de Mairena); también en los epigramas de Catulo y Marcial, a través de la adaptación de los autores del Siglo de Oro (Hurtado de Mendoza, Castillejo, Alcázar, Lope, Góngora, Quevedo...) o, más recientemente, en Rubén Darío, Martí o el propio Gil de Biedma, referencia máxima para los nuevos autores. Sin embargo, nada de esto hay en El mundo hecho pedazos. La prosa es la forma poética adoptada a ultranza por Oliván. Ignoro de donde procede esa decisión con la que hasta el autor parece dudar del género en que se mueve. Pero no es el primero en llevarla a término. Desde luego, trae a la memoria a Juan Ramón, sobre todo, en lo metaliterario, que también aparece en Oliván como espina dorsal temática, aunque podemos remontarnos a Gracián , por esta senda. Otros autores implicados son Ramón Gómez de la Serna, a quien me referiré más adelante, y Bergamín.

Como aforismo, presenta cada poema un pensamiento, un cruce, una intuición, de contenido diverso y hasta contradictorio, en lo que ha de verse un poso de ironía, como veremos. De ahí que haya traído a colación la paradoja, de Unamuno. O el anatema, de Cioran. Este último, dueño de una contradicción coherente , asumida, como la de Nietzsche, autor también de aforismos, y ya por completo en el ámbito del pensamiento filosófico o ensayístico, como se entiende desde Montaigne. Tanto los anatemas, es decir, las composiciones más breves – y descreídas- de Cioran, como la paradoja de Unamuno coinciden con algunos poemas de Oliván en la mueca amarga que no llega a sonrisa, en el humorismo, y aquel, en el nihilismo, en la acción imposible propia de Shopenhauer, también implicado en esta fórmula .

Las secciones del libro. Temas. Símbolos.

Ya he advertido de la dificultad que he encontrado para debatir este epígrafe. No añadiré sino el hecho de que haber hallado alguna tendencia de contenido en secciones como “Menudos pájaros” o “Ver para crear” , me impide eludir la búsqueda en las restantes. Pese a todo, no me parece un libro orgánico en sentido convencional, algo fuera de las posibilidades de la forma de los poemas, a mi entender; en particular, por las referencias continuas de una sección a otra, que los hace, en puridad, ocasionalmente intercambiables. Por este motivo, prefiero hablar de temas y de símbolos que recorren el libro a la manera de un río, con todos sus meandros y vacilaciones en cuenca y caudal.

Hace no mucho expuse algunas ideas generales acerca del simbolismo, de su concepto, de sus implicaciones irracionales o transracionales, de sus rasgos... Pues bien, nada de todo aquello es necesario para explicitar el sentido de superficie de los símbolos empleados por Oliván. No creo que deba ser considerado un demérito de su obra pero, desde luego, su simbolismo es banal, vacuo, incluso. Y pienso de este modo porque de otra manera no habría sido posible al autor activar los resortes del humor, una de las claves del poemario.

Oliván predica la ascendencia borgeana, más que discutible, de su operación simbólica. Dice, y discúlpese la extensión de la cita:

Puede que la novela sea, como decía Stendhal, un espejo colocado en mitad de un camino, que refleja la vida que pasa. Pero la poesía es siempre algo más. Es un espejo enfrentado a uno mismo, en el que se ahonda nuestra mirada y se vuelve indagadora, hasta hacer a menudo que de repente nos veamos en él reflejados como auténticos extraños. Es también el espejo borgiano, puesto bajo sospecha, porque abre la puerta al inconsciente, al símbolo y a las suposiciones metafísicas (...)

No hay un solo símbolo de esas características en todo el libro. Ninguno que pida réplica al inconsciente, ninguno que conduzca al porqué de la existencia humana. Como mucho, hay metáfora, imagen, o simbolización pedestre, más que meramente cotidiana, si se quiere.

Por ejemplo, los relojes simbolizan o, más bien, representan, implican, conllevan, manifiestan el paso del tiempo; la calavera o el esqueleto, la muerte y sus consecuencias (cuando sugieren el paso del tiempo aparece la simbolización); la bombilla, la idea y, a veces, el hombre mismo; los árboles, la vida y, en ocasiones, el padre, el hombre, el maestro; las palmeras, en concreto, una mujer; el animismo se extiende a los animales, sobre todo, el perro y el gato como formas de ser o tipos de personas; y así podríamos seguir. Véanse algunas muestras:

Las bombillas se matan de un disparo mudo cuando comprenden que sus estambres no polinizarán jamás a otras bombillas.

Qué gran paternidad la de los árboles, que saben darles a cada una de sus ramas un camino hacia la luz.

Cuando un tren en marcha se cruza con otro también en movimiento, nos parece que ese otro es el único que corre, decidido. Igual le pasa a mi vida al cruzarse con otras.

Los perros guardan en sus miradas la tristeza de saberse indignos por haber antepuesto a su libertad la garantía de comer a diario.

Podrían multiplicarse, pero creo que basta con los aducidos para una primera impresión.

Ya he adelantado que, en la base sobre la que se sustentan los demás temas y motivos, aparece un sentimiento de desamparo. Su expresión es muy diversa: angustia por el paso del tiempo y sus efectos, la muerte que asoma en pleno día, la escopeta de feria, i.e. la falta de solución posible a los problemas, la cristalización de lo que la Teología de la Liberación llamó estructuras de pecado, que insensibilizan al hombre ante las injusticias, la falta de fe en Dios, en la Iglesia y en el género humano, el temor de la nada tras una vida que a lo mejor no lo es tanto... en definitiva, el mundo hecho pedazos. Hecho pedazos por la presentación del mundo en pequeñas dosis, en poemas que lo desmenuzan para el lector; y hecho pedazos, también, por la mirada crítica de un hombre adulto. Y aún pervive el humor. Otras líneas de exploración interesantes son el pensamiento y sus mecanismos y la poesía. Casi siempre se sacrifica, sin embargo, la hondura en favor del humor, del chiste, del juego de ingenio. De ahí que su crítica social, por ejemplo, no sea militante: divide el mundo en buenos y malos, ricos y pobres, mujeres (como tópico: coquetas, dueñas de una belleza efímera...) y esqueletos, sabios y necios, políticos, abogados y otros seres innobles versus poetas, excepto los arribistas . Si atendemos a la simplificación a que conduce el proceso de generalización propio del chiste se observará que podría impedirse una crítica directa que dejara impronta, salvo por recurrencia. Pero no es así, y hay que anotarlo en el haber de Oliván. Estoy pensando en una posible influencia, por contraste incluso, de Beltrán o en el calado social de los poemas de Juaristi, justamente porque ninguno de ellos se hace notar por sus escasas dotes humorísticas. El humor, como hace poco decía Gª Berlanga, es una de las más eficaces y acerbas armas para la crítica, aunque algo de pose tiene la de Oliván . Abordaré, a título de ejemplo, el tema de la poesía, uno de los más optimistas acaso, después de algunas muestras de lo antes sugerido:


Todo tiene un precio en la vida y, por eso, el no tener dinero en ella se paga demasiado caro.

La vida es un cuento atípico en el que su (sic) final no da sentido a todo lo anterior, sino que hace que todo lo anterior no tenga ningún sentido.

La conciencia es un árbitro que, como todos los árbitros, arbitra mal, porque no ve, o no quiere ver, la mayoría de nuestras jugadas.

De novios no discutían por nada. Se casaron y ahora es por nada por lo que más discuten.

Existen cobardes a los que les consuela la muerte del hombre valeroso porque pasan a hablar de una cobardía inteligente.

No comulgo demasiado con los demás hombres porque he recibido de ellos demasiadas hostias.

La Justicia no es que sea ciega, es que siempre hace con los mismos la vista gorda.

La democracia, el estado de las apariencias, ha enseñado a los políticos a saber estar, no a saber ser.

Mi alegría es como la de los cohetes en días de fiesta. Siempre esconde a la mirada de los otros todas esas varas quemadas que caen.

Cómo se ríe el tiempo de que las fotografías eternicen el instante ... en un papel.

Los necios van por la vida de “incogito”, ergo son.


Parece que Oliván se ajusta a la verdad cuando define su proceso de creación asegurando que “hay que sorprender siempre a la realidad más común y cotidiana en flagrante actitud poética” y al añadir que su “estilo literario es el de un triste al que las palabras deparan algunas felicidades”. Afirma que escribe “mucho con los cinco sentidos y sólo lo imprescindible con el sentido común” y, como declaración de intenciones, valga este fragmento: “Cierro todos mis pensamientos con un punto, pero confío en que todo lector, llegado a ese punto, ponga dos más.” Finalmente, como hemos reiterado en lo que esto precede, asegura: “Por mi pupila mira el niño aquel que fui. Pero, por desgracia, por mi boca ya habla quien soy”.

El humor. Concepto. Recursos. La imagen. La greguería.

Resulta muy difícil exponer el tema al que nos enfrentamos. No es que esté exento el panorama actual de autores que empleen ironía, sarcasmo, parodia, sátira o, simplemente, el chiste en sus composiciones, pero los resortes profundos que mueven la risa, o la sonrisa, permanecen, a mi juicio, sin esclarecer lo bastante. Abundan los distingos que no calan, las explicaciones genéricas o las alusiones, sobre todo, las alusiones a la ironía de tal o cual autor, al sarcasmo del otro... como si la cuestión de conceptos se resolviese gracias a los ejemplos.

Un buen intento, pertinente a mi objetivo, es el estudio de Bousoño : para él, la poesía no puede consistir sólo en conceptos, pues los conceptos, en cuanto tales, han perdido el carácter individual de contenidos intuitivos comunicables que lo poético forzosamente ha de exigir ya que en poesía de lo que se trata es de conocer no lo general, sino lo particular, un contenido psíquico que nos parece individualizado. El lenguaje conceptual es manifiestamente genérico por definición. Aunque cabe una poesía del pensamiento, el pensamiento poético ha de hallarse empapado de afectividad o sensorialidad. La esencia del pensamiento poético consiste en que lo colectivo, lo común a todos se diga individualizadoramente, ligados los componentes racional e irracional de la composición por un lazo indisoluble que arrastra de manera implícita a aquel del que no nos hacemos cargo en primera instancia. El pensamiento poético en Bousoño tiene una enorme vinculación con la imagen. Pero, por concretarme a lo que nos ocupa, lo que hace sugestiva la teoría de este poeta es que nos provee de un aparato metodológico que permite la exploración de los mecanismos receptivos merced a la enunciación de unas leyes comunes a la poesía y el chiste, en los siguientes términos:
Primera ley: modificación de la lengua o norma. Un modificante actúa sobre un modificado para convertirlo, dentro del contexto, en un sustituyente que significa el sustituido.
Segunda ley: adecuación de los procedimientos poéticos, adecuación metafórica.
Tercera ley: asentimiento al autor.
A ellas habría de añadirse lo relativo a rupturas de sistema (caps. XV y XVI, op. cit.) para poder desarrollar un estudio completo del humor en la poesía de Oliván, pero sólo acometeré la parte más superficial: la verbalización y la imagen.

Oliván emplea diversos metaplasmos :

Calambur: “El problema es que todos queremos triunfar en la vida yendo por el mismo atajo y terminamos, por eso, a tajazo limpio.”

Paronomasia, incluso expresa: “Suplicio y suplico son dos palabras que tienen por qué parecerse”. Es más interesante cuando la combina con una frase hecha o expresión, en una referencia literaria o filosófica o un título, distorsión leve que conduce a un significado completamente distinto, a semejanza de: La destrucción o el humor, de Salvago o Diario de un poeta recién cansado, de Juaristi . Es un procedimiento en que destaca, sobre todo en la paronomasia in absentia, es decir, en la sustitución del significante esperable por el uso habitual de la frase, repentinamente modificado: es ahí donde se produce la ruptura. Alguno de los títulos de sección es buen ejemplo: “Ver para crear”. Me recuerda a Gloria Fuertes en este aspecto. Como ella, no se limita a este único procedimiento, aunque la variedad es algo menor de lo que pensé en un principio.

La quiebra de la frase hecha o aforismo no se limita al plano fonético o del significante. A veces, requiere algo más. Veamos un caso de mezcla: “Dime con quién andas y te diré de qué pie cojeas.” Por descontextualización o creación de un contexto insólito: “Una miga en una cama, por pequeña que sea, siempre se crece.” Por trivialización, en un proceso semánticamente inverso al anterior: “No somos nada. Ciframos la razón de nuestro existir en lo mismo que los pollos y las gallinas: pienso, luego existo.” Aquí se observa uno de los recursos más comunes, dos, en realidad, la antanaclasis (que parte de la homonimia) y la anfibología (fruto de la disemia o polisemia), tan difíciles de diferenciar, explotados de manera extraordinaria a lo largo de todo el libro. Otra muestra más: “La abogacía se ejerce siempre en imperfecto.”

Otros juegos lingüísticos, semánticos y semióticos implicados son la ironía, la paradoja, el sarcasmo o el diálogo absurdo de raigambre celiana o casi surrealista :

- No hay amor que resista un análisis. En el amor es mejor no saber.
- ¿Pero no saber qué?
- No lo sé, mejor no saberlo.

El neologismo: “No entiendo por qué se dice hipocresía y no hipercresía. Debe de ser tan sólo una hipocresía más.” El aprovechamiento semántico de la prosodia: “¿He de dudar absolutamente de todo en esta vida sin sentido?”, etc.

Como creo que se ha expresado suficientemente, los procedimientos de Oliván requieren la síntesis de metáfora y humor, exactamente igual que las greguerías de Gómez de la Serna. La influencia más decisiva, la huella más clara de este autor sobre el nuestro, al margen de la duda sobre el género en que se inscribe, radica en el uso de la imagen, abundantísima en El mundo hecho pedazos, como si quisiera entrar por los ojos directamente hasta el pensamiento. Sólo aportaré dos ejemplos, el segundo, un cuento peregrino titulado “Cardióloga y morena”:
“Las raíces de los árboles son los nervios con más calma del mundo.”
“Aquella hermosa médico, cardióloga y morena, me aplicó el fonendoscopio, lo giró un poco en mi pecho y me lo abrió, como si de una caja fuerte se tratara, metió mi corazón en su puño, se dio la media vuelta y se marchó.”

A modo de conclusión pueden servir las impresiones de Estébanez Calderón sobre la greguería: Agudeza conceptual, metáfora y humor, son los elementos implicados en estas composiciones, definición de lo indefinible, captura de lo pasajero, la asociación inesperada. Tal vez es algo más que un mero juego lingüístico, tal vez expresa un modo de aproximación a la realidad, una forma de conocimiento e, incluso, una actitud ante la vida. Palabras todas ellas que pueden aplicarse al quehacer de Oliván.


NOTAS

1 Sanz Villanueva no lo menciona ni una sola vez (op. cit. infra); sólo tres veces la obra coordinada por Rico (op.cit.en la nota siguiente).
2 Los datos de este epígrafe proceden de fuentes diversas: desde la solapa de alguno de sus libros hasta obras generales de literatura, he aprovechado lo que me ha sido posible, dada la escasez de material existente.
3 También de 1988 es Entorno tuyo (Oliver, Oviedo), según referencia encontrada en Historia y crítica de la literatura española, Los nuevos nombres, vol.9, p.142.
4 La bibliografía que empleo tanto en este apartado como en el siguiente no es muy amplia. No lo es, entre otros motivos, porque resulta inexistente para alguno de los temas a los que me referiré y nada abundante en relación con el autor del que tratamos. En general, se ciñe a los comentarios a modo de prólogo de las antologías de poesía contemporánea en que participa, a palabras del propio poeta sobre sus versos y a algunos artículos específicos, a veces en prensa, que citaré en su lugar.
5 Como a Santos Sanz Villanueva (Historia de la literatura española 6/2, Literatura actual, p. 9, Ariel, 1994), entre otros.
6 Para Darío Villanueva, la ausencia del acostumbrado parricidio generacional se debe, acaso, a la labilidad de los valores estéticos sostenidos o a su completa ausencia: “mas nos queda la duda razonable de si en vez de ser este un signo de armónica convivencia entre los ciudadanos y facciones que componen nuestra actual República de las Letras, no revelará por el contrario una cierta debilidad o desinterés intelectual por fijar posiciones estéticas e ideológicas, para lo que resulta inevitable con frecuencia que la afirmación de unos pase por su rechazo crítico de las posturas de otros (...)”
7 El lapso de quince años es tradicional, desde Ortega. Vid. los motivos que aduce Julián Marías para sostenerlo hoy. El criterio ha de ser, no obstante, flexible, como dice Sanz Villanueva.
8 Al hilo del comentario del vaticinio de Bousoño: poesía irracionalista.
9 Rastro este que pretende seguir, entre otros, Lucas, de la generación siguiente, en teoría
10 V.gr. en la introducción de Gª Posada a su antología, o en Gª Martín (cfr. Historia y crítica; también: introducción a su antología), etc.
11 El caso de este poeta ilustrará la complejidad de la crítica coetánea a la producción. Sólo ahora se observa a Villena como gozne o puente entre dos generaciones: instalado como creador en una, la de los novísimos, pero alejado de su epicentro por edad y atento, precisamente por ella, a los nuevos hallazgos.
12 Me refiero a El arte de la prudencia, colección de aforismos con glosa, de raigambre estoica.
13 “No me gusta contradecirme. A mi pensamiento, en cambio, le apasiona”, dice Oliván, con ironía.
14 Cito sólo algunos libros, ad exemplum: De lágrimas y de santos; Ese maldito yo; Alrededor de la Filosofía, El Anticristo, etc.
15 “Menudos pájaros” es un encabezamiento bastante transparente; “Ver para crear”, juego típico del autor, que analizaré en el último apartado y que se observa, también, en el título del libro, procede de Shelley que defendía que “la imaginación es capaz de crear lo que ve”. Pondré otro ejemplo: “El cascabel del gato”, sección que contiene el siguiente poema: “Los hombres me intentaron poner un cascabel. Entonces, sólo entonces, me hice gato.” Los enumero consciente de que, no importa lo aparentemente claros que resulten, no responden siempre al contenido esperado: “Luces de posición”, “Ver para crear”, “Materia gris”, “La escopeta de feria”, “Ojo avizor”, “Siete cuentos peregrinos”, “Menudos pájaros”, “Arenas de un desierto”, “El cascabel del gato”, “El mundo a picotazos”, “Las horas muertas”. Algunos de ellos serán interpretados después.
16 Para que se vea que no todo es de color de rosa en ese ambiente, un botón: “Las justas poéticas no suelen ser ni lo uno ni lo otro.” “Cuando a un gran artista se le agota el genio, deja de recuerdo un muy mal carácter.”
17 A Juaristi lo conozco por antologías. En cuanto a Beltrán, pienso en La semana fantástica, por ejemplo.
18 “No creo mucho de lo que digo, pero lo he pensado yo y, por lo tanto, no es ilegítimo que lo firme con mi nombre”, dice en un poema. Téngase en cuenta en lo relativo a la ficcionalidad del yo poético.
19 Teoría de la expresión poética, Madrid, Gredos, 1985, 7ª ed., de la que asumo los conceptos de asentimiento y modificación poética, así como el hecho de que el concepto lógico se distinga de su verbalización, de suma importancia para mí porque el talento de Oliván me parece esencialmente elocutivo.
20 Para la nomenclatura, véase Albaladejo, Retórica, Síntesis.
21 En Oliván encontramos, por ejemplo, una sección llamada “Siete cuentos peregrinos” remite a Gª Márquez, por sustitución del número, no por paronomasia.
22 “Si no fuera una afirmación demasiado tajante, podría decirse que todo escritor que convierte el lenguaje en problema acaba desembocando, más pronto o más tarde, en la parodia y desarticulación de los clichés y locuciones hechas, precisamente porque el carácter inamovible de estas expresiones estereotipadas las convierte en el último reducto en pie ante los embates innovadores del autor.” (F. Ynduráin, “Técnica de la greguería”, en Historia y Crítica, vol.7, pág. 224)
23 V.gr. presentes en Madera de Boj, sin ir más lejos.
24 No se olvide la corriente coetánea de tintes surrealistas, de Blanca Andreu, a la que se han apuntado otros esporádicamente (pienso en Beltrán, de nuevo).
25 Diccionario de términos literarios, Alianza.

domingo, 14 de marzo de 2010

Delibes


Ha muerto Delibes. He puesto a los niños de primero de la ESO como lectura El camino. Ya lo hice el año pasado. Cuando la releí, me pareció que en algunos aspectos podía resultar un tanto rancia pero, sorprendentemente, a los chicos les sigue gustando, en general, imagino que porque conserva ciertos valores imperecederos, como la amistad.





He hablado de otro camino en este blog, el de Fesser. Ya entonces quise sugerir, aunque me fui por los cerros de Úbeda, las concomitancias entre la escena final de la película y el episodio del pajarillo en el libro que ahora recomiendo. En ambos casos, el engaño a los ojos, recurso tan querido en nuestra literatura áurea, es interpretado como intervención divina. Como milagro, en roman paladino. Pero milagro inexistente. No seré yo el exégeta de los modos o intenciones de cada cual.

Vale.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Disfraces del Lazarillo


He publicado esto en el número de junio de la revista del insti:



Disfraces del Lazarillo



Las novelas, a veces, se disfrazan: No les queda más remedio. El Lazarillo empleará hasta tres máscaras diferentes para poder ver la luz allá por los años cincuenta del siglo XVI. No se olvide que se trata de una obra peligrosa por hallarse en lucha abierta con el poder establecido, por una parte, y sumamente novedosa por su técnica y por su temática literarias, por otra, de manera que por este procedimiento pretende ser asimilada a géneros y formas conocidos, pasar por lo que no es y ocultar, asimismo, lo que en verdad la constituye, a fin de ser aceptada entre lectores y editores. De que el ardid tuvo éxito es buena prueba su misma publicación.


En primer lugar, se hace pasar por una carta autobiográfica. No se conocían demasiado bien que digamos los procedimientos narrativos en la época en la que surge nuestra obra. A lo mejor convendría recordar que no existía la novela picaresca antes del Lazarillo ni mucho menos la novela, sin apellidos, tal y como la concebimos en nuestros días. La relación en primera persona de la propia vida era un género delicado en extremo: arriesgar una autobiografía en aquellos días no era una broma y apenas había unas pocas, mendaces y fantásticas, que narraran vidas de soldados. El propio Emperador, Carlos V, a la hora de dejar, más que lo dicho, una memoria política, se detiene una y otra vez a justificar su necesidad frente a la posible vanidad de reflejarse en ella como ser humano, intentando exculparse ante Dios y ante los hombres del peor de los pecados, el de soberbia, madre y fuente de todos los demás, como es sabido —no en vano hizo caer a cierto ángel de todos recordado—. Si un personaje tan ilustre encuentra tantos y tales motivos para eludir la responsabilidad de una autobiografía, ¿cómo es posible que el hijo de un ladrón de poca monta y una mujer deshonesta nos presente la historia de su vida, nada menos que con intención moral, cuando el caso que le hace tomar la palabra consiste en un más que probable adulterio de su mujer? La respuesta es más sencilla de lo que parece: porque no es una autobiografía. En otras palabras: Lázaro no escribió el libro, no escribió el Lazarillo
que tenemos en las manos; no es el autor, en definitiva. Pero la adopción de un recurso parecido a la autobiografía, aunque no lo sea, cumple su cometido a la perfección. Podría decirse que se trata del disfraz que ha de adoptar para que el público reconozca el género y apruebe el relato con su lectura.


Por concluir este apartado, desde el mismo punto de vista, si el autor de la obra no es a su vez quien la cuenta, es decir, Lázaro, debemos reconocer que éste tampoco escribió —aunque la carta pública era un género igualmente reconocible con el que se pudo camuflar nuestra novela— una epístola a un destinatario real de más claro linaje, cuyo nombre nos es desconocido, sino a un receptor interno o narratario. El pícaro no pasa de ser, pues, como decimos, un personaje destinado a padecer los sucesos de la historia lectura tras lectura y, desde luego, un narrador, prisionero también en el texto por naturaleza, sin una ventana al mundo empírico, al mundo en el que nosotros respiramos, comemos o bebemos, o en el que hablamos —por lo menos algunos— de este o de aquel libro.


Este disfraz de técnica literaria lleva aparejada una segunda máscara. Al mostrársenos como un escrito original de un tal Lázaro de Tormes, nacido —literalmente— en el río y residente en Toledo en el momento de tomar la pluma, en la frontera entre realidad y ficción que define el empleo de la primera persona narrativa, el texto se decanta justo por la defensa de lo que no es: No se nos aparece como un relato meramente verídico, sino verdadero; no pretende parecer realista, sino real. Y es altamente probable que se tomase por real y por verdadero entre los lectores coétaneos de la obra, índice de que el disfraz dio resultado.


Pero para su publicación todavía debía superar un obstáculo más. Se afirma con frecuencia y con no poca razón que en la época a la que venimos refiriéndonos nos encontramos en un momento de enorme experimentación literaria. No obstante, los libros que pasan por los talleres de imprenta son, en proporción abrumadora, de gusto medieval. Los libreros, aquellos negociantes que no sólo distribuían los libros sino que sufragaban los gastos de la publicación del texto, apostaban sobre seguro y optaban por garantizarse cuando menos la recuperación de los costes por el sencillo expediente de llevar adelante tan solo éxitos comerciales ya probados. Si uno vuelve la vista a los años de publicación de La vida del Lazarillo de Tormes, se puede constatar que entre 1550 y 1554 aparecieron tres ediciones de novelas sentimentales (dos de la Cárcel de amor y otra del Processo de cartas de amores), cuatro traducciones (dos italianas: las novelas cortas de Bandello y, por supuesto, el Decamerón; y dos clásicas: las fábulas esópicas y Teágenes y Cariclea, de Heliodoro), una novela bizantina (Clareo y Florisea), un contrafactum (Libro de cavallería celestial del pie de la rosa fragante), la autobiografía de Diego Núñez de Alba, una obra pastoril (Menina e moça) y la Comedia pródiga. Fuera de esa lista miscelánea, destacan por su presencia mayoritaria los libros de caballerías, que indiscutiblemente miran hacia el pasado sin afán experimental alguno. Entre las fechas dadas, no sólo se publican el Lisuarte, Rogel de Grecia, Lepolemo o el Palmerín, sino que el Amadís se edita en varias ocasiones y, lo que es más importante, abundan en las prensas los relatos caballerescos breves, género al que se ha prestado poca atención, a pesar de aportar el vestido editorial del Lazarillo. Así, Canamor, el Guillermo, Pedro de Portugal, Fernán González u Oliveros, cuya historia se publica hasta en cinco ocasiones, son el modelo del que se vale el autor de nuestra novelita picaresca para pasar al mundo de los libros vivos, de la letra impresa, so pretexto de contar, como ellos, una corta narración anónima de base folclórica y popular y de ceñida ejemplaridad moral —más que discutible en nuestra obrita, aunque se pueda asumir—. Pero el Lazarillo es una isla. Ni tiene antecedentes, ni dejó estela.


Como una golondrina no hace Verano, habrá que esperar hasta final del siglo y albores del siguiente a que un tal Mateo Alemán se fijara en el personaje quinientista y redactara Guzmán de Alfarache, que no sabemos muy bien en qué consiste, mas fundamental e imprescindible en la génesis de la novela moderna, con parada en Cervantes para que podamos hablar del surgimiento de ese género llamado «novela picaresca». Pero esa es otra historia.

miércoles, 5 de agosto de 2009

Algunos libros más sobre la Segunda Guerra Mundial

Después de muchos años de no leer más que ensayos o libros de los Siglos de Oro, empezar a dar clases me ha permitido seguir otra derrota. Aparte de los libros que ya haya mencionado por aquí (pienso en El niño con el pijama de rayas o Paradero desconocido, que acaba de aparecer), como estoy haciendo una suerte de revisión para poner al día el blog, diré que transcurren durante o tratan de la Segunda Guerra Mundial otras tres novelas que tengo delante: Reencuentro, de Fred Ulhman (1960, 1971; ahora, Tusquets, 2008); El lector, de Bernhard Schilink (1995, hoy en Anagrama, 2009) y Vida y destino de Vasili Grossman (Galaxia Gutemberg).

La primera, novelita de reconciliación, no me parece nada de otro mundo. La segunda, historia de amor cuyo telón de fondo pasa a primer plano al cambiar la condición (profesional) de la mujer implicada, tiene más chicha. En particular, el asuntillo del analfabetismo. No he visto la peli, así que no opino.

Pero la tercera, Vida y destino, es una joya. Sin duda, es la mejor novela realista que he leído, y un libro duro. Como esta valoración depende de lo que haya leído, comentaré solo de pasada que da sopas con honda a su referente máximo, nada menos que Tolstoi. Su tratamiendo de la guerra en la trinchera, su humanismo reflexivo, su compasión (en sentido etimológico) la convierten en una lección sobre la condición humana y sobre la dignidad, eso sin perder de vista otros méritos, como su estudio de la burocracia, esas cadenas de la libertad, nota máxima del Estado comunista, seña de su omnipotencia sobre el individuo; o sobre la responsabilidad de la investigación científica o el descubrimiento --uno entre miles--de algunos rasgos de carácter dominantes en el siglo XX, como, por ejemplo, la sumisión:
Hubo episodios en que se formaron enormes colas en las inmediaciones del lugar de la ejecución y eran las propias víctimas las que regulaban el movimiento de las colas. (p. 261)
Tremendo.

O el hallazgo del desolador escepticismo en que madura precozmente la juventud: "En general, es estúpido creer. Hay que vivir sin creer" --dice una joven, contraponiendo su generación a la de su tía. Y cuando le replican preguntando si esa es la filosofía del teniente con el que mantiene relaciones, responde lo siguiente: "Dentro de tres semanas irá al frente. Ahí está la filosofía: Hoy está vivo, mañana ya no." (pp. 954-955)



La calidad literaria también se mide en la obra de Grossman por la profundidad de sus personajes, la solidez de la trama o su capacidad sorpresiva o conmovedora incluso cuando ya uno no espera más que el anticlímax que lleve dulce y triste a las últimas líneas. No le sobra una palabra, en sus más de mil páginas. Creo que no es poco decir.

La foto es de Arkady Shaiket. Un acierto editorial, la portada.

Por añadir algunos títulos más sobre el tema, recomiendo uno que me gustó mucho hace demasiado como para comentarlo: En busca de Klingsor, de Jorge Volpi, con la carrera por la bomba como tema y anuncio que un día de estos leeré a Rees (hace años que tengo Auschwitz esperando en la estantería). Por cerrar el asunto, aparte del testimonio de Ana Frank pero hasta cierto punto en la misma línea, contamos con otros dos de primer orden, ambos referidos a su permanencia en campos de concentración: Imre Kertész y Primo Levi. Del primero leí varios libros hace unos años, cuando le otorgaron el Nobel: Yo otro, Kaddish por el hijo no nacido, Sin destino. No me convencieron demasiado. La trilogía de Levi (o eso pensé que era, por la oferta editorial) resulta más emocionante. Empezando por el título de la primera parte. La componen: Si esto es un hombre, La tregua, Los hundidos y los salvados.

martes, 4 de agosto de 2009

La buena letra


La buena letra
se resume en un gigantesco NO en las narices, es un enorme bofetón en la boca.





Costó, pero no tanto, que mis alumnos entendieran semejante cosa. Ellos habrían hecho una síntesis mucho más larga, más detallada, menos eficaz. Quizá no es libro para su edad. Pero les gustó.

El resto de Chirbes lo dejo para cuando sea capaz de leer las diez primeras páginas de Mediterráneos, que anda por aquí, sin dejar de apreciar el del título del post.

Cartas asesinas


Todo el mundo sabe que la palabra hiere. A veces mata. No hay más que pensar en el pobre Leriano (prota de Cárcel de amor, de Diego de San Pedro, fecha del descubrimiento), de quien se dice que murió de amores, y en realidad fue por la indigestión que le produjeron las cartas de su amada, cena cuya finalidad de mantener el secreto (es amor cortesano, ya se sabe), lo llevó a la sepultura.

De mayor envergadura, desde luego, es el cruce epistolar entre Max Eisenstein y Martin Schulse en Paradero desconocido (1938), obra de Kressmann Taylor. pseudónimo de Katherine Kressmann. Por la fecha de marras se supondrá que las cartas entre un judío en los Estados Unidos y un alemán en Munich bien bien no pueden terminar, según y cómo. Sin ánimo de desvelar acontecimientos, la evolución de su tono es lo más destacado.

Con la conmemoración de no sé qué aniversario de Onetti, he releído algunos de sus cuentos (las novelas me cuestan más). Entre ellos, "El infierno tan temido". Su contenido, por fortuna, no desmerece el atrevimiento que conlleva el empleo de parte de un verso de uno de los mejores sonetos en castellano de todos los tiempos (No me mueve, mi Dios, para quererte / el cielo que me tienes prometido / ni me mueve el infierno tan temido / para dejar por eso de ofenderte), con ese "tan" tan conmovedor. También aquí las cartas, resumidas en las fotografías que encierra el sobre de turno, generan su ritmo, intensificando el daño bien por el grado de explicitud del cuadro o bien, sobre todo, por el destinatario. Su falta de motivación, nunca aclarada en los silencios que acompañan las polaroids, y los matices del desgarro que producen, me parecen su mérito máximo.

Seguro que hay otro centenar de cartas perlocutivas. Basta con estas, por hoy.

Houellebecq, filósofo del sexo


Hace no demasiado leí un reportaje acerca de la extinción de la literatura erótica y pornográfica que alegaba que ya no es necesaria su existencia, cosa de otros tiempos, pues su materia, el objeto natural de esta literatura y, por ende, su finalidad, puede hallarse en cualquier novela de tres al cuarto o de indiscutible talento y profundidad. De ahí el cese de la colección de referencia, La sonrisa vertical, y demás. Quedan, claro es, las rarezas patrocinadas por editoriales menores y casi diría que con destino a los afanosos coleccionistas, como Escritos pornográficos, de Boris Vian, que he leído recientemente. Trae este librillo una conferencia del sujeto en que discute y niega la pertenencia al erotismo de la obra de Sade --pero como él mismo dice, la naturaleza de las conferencias es complicar las cosas-- y habla de multitud de textos que no conozco; contiene también una colección de poemas deleznables, en mi opinión, además de algunas ilustraciones que no son nada de otro mundo. Lo mejor de este escritor es, a mi entender, justamente un relato erótico, "El amor es ciego", una metáfora sobre el deseo que bien podría haber empleado Houellebecq, al menos en la literal plasmación del cuento, haciendo uso de otro vocabulario, eso sin duda. En definitiva, se nos anuncia el fin de los tiempos de Lulú, de Archidona y de Irene. El signo de la hora nos lleva por el sendero de Plataforma y Las partículas elementales, con sus masajes tailandeses y sus locales parisinos de intercambio de parejas.

Esa parece ser una de las lecturas que se hacen de la obra del francés (creo que es francés). De ahí buena parte de las críticas que se formulan contra él, de la consabida alusión a su talante provocador o políticamente poco correcto, etcétera. No niego que esa es la superficie, pero me suscita reflexiones de fondo sobre la civilización occidental en su conjunto a partir del factor primordial, el sexo, donde se generan las mayores tensiones entre naturaleza y cultura, desde luego. A veces, decir las cosas con claridad ayuda a verlas con claridad. despojar d
e algunos componentes accesorios lo esencial, permite acceder a lo esencial de manera más directa. Ni siquiera creo que sea original en su planteamiento o en su propuesta. Por ejemplo: toda su teoría sobre la seducción, desperdigada entre Las partículas elementales y Plataforma, quizá más consistente en esta última, se resume en este pensamiento al desgaire de Pepe Carvalho:
Si quería ligar debía ir por las buenas a un cuerpo de alquiler o a una larga escaramuza verbal de dudoso resultado. Le fastidiaba todo el ceremonial previo, toda la etapa de persuasión. Este tipo de comunicación debiera ser automático. Un hombre mira a una mujer y la mujer dice sí o no. Y a la inversa. Todo lo demás es cultura.

O silencio, le falta decir. Para los curiosos, es la página 98 de Tatuaje, de Vázquez Montalbán, en la edición que regala el periódico El Público. No dejéis de leer El estrangulador, que se entrega, me parece, el primer domingo del mes de septiembre. Se trata d
e una de mis novelas favoritas, auténtico testamento en vida del autor, plagado de humor y de la inteligencia y el buen hacer de un autor seguramente infravalorado en lo literario, puede que por cuestiones ideológicas.

Deseo y seducción, soledad, el amor como entrega, siempre frustrado, la prisión del cuerpo y la falta incluso del anhelo de trascender, o sus derivaciones definen nuestro vacío, describen nuestra sociedad, de la que los personajes procuran huir pero
siempre les es negada esta posibilidad y tras el enfrentamiento, queda, lo más, el psiquiátrico o la muerte, como en Fortunata y Jacinta, ya sea esta voluntaria o accidental. No hay más salidas. Quien no se adapta a la sociedad, sufre esas condenas. Pero ser consciente implica el reconocimiento de la necesidad de fuga, de minimizar los males, cuando menos. Mi lectura va por ahí: El amor serviría hasta para algunos de estos personajes, no todos, como una especie de engañabobos en un paraje descarnado, pero no existe. Y de existir, como excepción, será desde luego efímero, trágico o nos estará vedado, luego es peligroso incluso buscarlo y mucho mejor aceptar la insatisfacción que nos produce cuanto nos rodea y tratar de vivir tranquilo, aunque sin alegría, como Annabelle (Las partículas elementales, Anagrama, pp.235-236).

Por supuesto, NO SON NOVELAS PORNOGRÁFICAS, ni siquiera eróticas.
Son novelas filosóficas, una idea novelada. Lo que en tiempos se llamaba novela de tesis. La tesis es la infelicidad a que la sociedad condena a los individuos. La de siempre, vaya. No sé si he dejado claro el nexo de este señor con la novela realista del XIX, pero vamos, bien podrían pasar por una actualización de Galdós las obras que he citado.

Y vale.