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jueves, 11 de diciembre de 2008

Firmin



Firmin da nombre a dos grandes personajes literarios. El de la novela de Lowry ya mencionada en este blog y la rata humana, demasiado humana, del libro de Sam Savage.


Despierta a la vida consciente el animalillo nacido, por uno de esos azares de la madre naturaleza, en una librería del Boston de los años 60, por devorar no solo en sentido literal los libros del establecimiento. Este ser sabio y frustrado por la imposibilidad de formar parte de la comunidad cultural a la que pertenece pero, a un tiempo, capaz de renunciar a su instinto sin ignorar su condición, pese a cierto zoofílico interés por las hembras descocadas de la especie humana con la fascinación por el cine de telón de fondo, conduce a reflexiones más o menos profundas sobre el ser humano entre guiño y guiño al lector, siempre con la sonrisa en los labios.


Vale.
P.S.: Las divertidas ilustraciones que incluye la edición de Seix Barral son de Fernando Krahn. La más que aceptable traducción, de Ramón Buenaventura.

domingo, 31 de agosto de 2008

Sobre un par de ilustres borrachos

Decía García Márquez que por más que leía y releía la obra de Lowry, no le hallaba las costuras. Tanta perfección encontraba. No en vano es una tarea de más de diez años. Resulta evidente que Malcolm no andaba bien de la azotea, no quiero aventurar razón alguna. También el Museo de Macedonio Fernández se produjo a lo largo de un período demasiado prolongado para el gusto del autor actual, productor de un libro al año (acaso salvo los del tipo de Méndez y sus girasoles; quiero decir, los escritores tardíos, bien armados de paciencia), pero capaz, sin embargo, o precisamente por eso, de avivar la literatura argentina, según Piglia, y este no es un juicio que deba dejarse correr. Eludiré aquí los paralelismos entre el nacimiento de Tristram y el de la novela de Macedonio, pero quiero poner sobre el tapete que las novelas de borrachos, sus similitudes formales y el carácter de sus personajes, por lo general, me fascinan. Con novelas de borrachos me refiero mucho menos a Bukowski que a Moscú-Petushki, de Venedikt Erofeev, para que nos entendamos.

En el caso de Bajo el volcán, las visiones delirantes de Firmin, aunque no solo ellas, dan lugar a algunos de los mejores monólogos interiores, a algunas de las mejores transiciones, de que he podido disfrutar. Por lo que respecta a la obra de Erofeev, toda ella transcurre en una nube etílica sin parangón, que devuelve al protagonista al concluir la novela al origen y no al destino del periplo emprendido sin que el lector adivine una sola fisura en ese fabuloso continuum, como en la transformación de cierto observador en axolotl.