viernes, 10 de abril de 2009
Jerónimo de Pasamonte
Pasamonte, Jerónimo. Ibdes (Zaragoza), 1553 — ?, post. 26 de enero de 1605. Soldado y escritor.
Jerónimo de Pasamonte nació en Ibdes en 1553. Huérfano desde los diez años, tras servir al obispo de Soria e iniciar estudios de gramática y latín con su tío de regreso a Aragón, ve frustrado su intento de meterse a fraile por la negativa de su hermano mayor y la falta de renta, de modo que se asienta como soldado en la compañía que está formando el capitán Enrique Centellas para el tercio de Miguel de Moncada, al que pertenecía Cervantes. Interviene en las jornadas de Lepanto, Navarino y Túnez. Cae preso en la defensa de La Goleta (1574) y padece un cautiverio de dieciocho años, parte del cual transcurre en galeras. Una vez rescatado acude a Roma para dar gracias por su liberación en los santos lugares y retorna a España en 1593, donde hace circular su autobiografía de forma manuscrita con la pretensión de obtener algún beneficio por los servicios prestados al rey. Ante el fracaso de sus gestiones, se ve obligado a regresar a Italia en 1595 para continuar su servicio como soldado. Allí prosigue su autobiografía y da muestras de cierto desequilibrio mental, que combate desde su religiosidad. Debido a una deficiente vista, obtiene una plaza de residente en Nápoles, que supone mayor estabilidad y la dispensa de la milicia activa. Es el momento en que contrae matrimonio con una española recogida hasta entonces en el monasterio de San Eligio y surgen las desavenencias con sus suegros y su cuñada, a quienes cree endemoniados. Aunque el último dato absolutamente fidedigno que se conoce de Jerónimo de Pasamonte procede de 1605, Melendo Pomareta (2001, 2002) ha aportado documentos que sugieren su regreso a España y el cumplimiento de una antigua promesa y vocación con su ingreso como fraile bernardo en el Monasterio de Piedra.
La Vida y trabajos de Gerónimo de Pasamonte ha resultado de sumo interés para los cervantistas pues podría esclarecer definitivamente la identidad de Alonso Fernández de Avellaneda y los motivos de su rivalidad con Cervantes. En la versión que corrió manuscrita en 1593, Jerónimo de Pasamonte se atribuye falsamente la actitud heroica del alcalaíno en Lepanto al describir su participación en la toma de La Goleta (1573), donde no hubo verdadero combate por huida del enemigo. Tal adjudicación pudo llevar a Cervantes a realizar un despiadado retrato de aquel en la primera parte del Quijote a través de la figura de Ginés de Pasamonte, así como una autobiografía meliorativa en la Historia del Capitán Cautivo para mostrar su superioridad artística. Pasamonte había ampliado su Vida, añadiendo una segunda parte a la versión inicial. El 26 de enero de 1605 la tiene por concluida y fecha la última de las dedicatorias en Capua (Italia) pero la publicación del Quijote impide que la dé a la prensa, aunque cuenta con licencia, para evitar su identificación con el denostado galeote del capítulo XXII, autor asimismo de una autobiografía. Este es el punto de partida de una disputa literaria que originará la réplica de Pasamonte con el pseudónimo de Avellaneda y se extenderá a diversos textos cervantinos donde alternan alusiones a la Vida y trabajos y al Quijote apócrifo como escritos de un mismo aragonés. La autobiografía de Pasamonte permanecerá inédita hasta 1922.
Obras de Jerónimo de Pasamonte: Vida y trabajos de Gerónimo de Pasamonte, 1605 (inéd.) [Biblioteca Nazionale Vittorio Emanuelle III de Nápoles] (ed. de R. Foulché-Delbosc, Revue Hispanique, LV, 1922, págs. 310-446; ed. de J. M. de Cossío, Autobiografías de soldados: siglo XVII, Madrid, Atlas, Biblioteca de autores españoles, núm. 90, 1956; ed. de F. Sevilla Arroyo, Alicante, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2004)
Bibliografía, en orden cronológico: M. de Riquer, “El Quijote y los libros”, en Papeles de Son Armadans, XIV (1969), págs. 9-24; M.de Riquer, “Introducción” a Alonso Fernández de Avellaneda, Don Quijote de la Mancha, ed. de M. de Riquer, Clásicos Castellanos, Espasa-Calpe, vol. I, Madrid, 1972, págs. VII‑CIV; M.de Riquer “Apéndice II” a Alonso Fernández de Avellaneda, Don Quijote de la Mancha, ed. de M. de Riquer, cit., vol. III, págs. 236-252; G. Camamis, Estudios sobre el cautiverio en el Siglo de Oro, Gredos, Madrid, 1977; M. de Riquer, Cervantes, Pasamonte y Avellaneda, Barcelona, editorial Sirmio, 1988; D. Eisenberg, “Cervantes, Lope y Avellaneda” (1984), en D. Eisenberg, Estudios cervantinos, Barcelona, Sirmio, 1991, págs. 119-141; V. Azcune, “Avellaneda no es Passamonte”, en Dicenda. Cuadernos de Filología Hispánica, 16, 1998, págs. 247-254; K. Sliwa, Documentos de Miguel de Cervantes Saavedra, Pamplona, Eunsa, 1999; A. Martín Jiménez, El «Quijote» de Cervantes y El «Quijote» de Pasamonte, una imitación recíproca: la vida de Pasamonte y Avellaneda, Alcalá de Henares, Centro de Estudios Cervantinos, 2001; J. Melendo Pomareta, “¿Murió Jerónimo de Passamonte en Carenas? (I)”, en El Pelado de Ybides (revista local editada por la Asociación Cultural Amigos Villa de Ibdes), 20 (2001), pp. 14-15. J. Melendo Pomareta, “¿Murió Jerónimo de Passamonte en Carenas? (y II)”, en El Pelado de Ybides (revista local editada por la Asociación Cultural Amigos Villa de Ibdes), 21 (2002), pp. 10-11; A. Martín Jiménez, “Cervantes versus Pasamonte («Avellaneda»): Crónica de una venganza literaria”, en Tonos, Revista electrónica de estudios filológicos, núm. VIII (2004); A. Martín Jiménez, Cervantes y Pasamonte: la réplica cervantina al Quijote de Avellaneda, Madrid, Estudios Críticos de literatura, núm. 18, Biblioteca Nueva, 2005; A. Martín Jiménez, “El lugar de origen de Pasamonte en el Quijote de Avellaneda”, en Lemir. Revista de Literatura Española Medieval y del Renacimiento, 9 (2005); J. A. Frago Gracia, El Quijote apócrifo y Pasamonte, Madrid, Gredos, 2005.
sábado, 7 de marzo de 2009
Wittgenstein
(Tomado del libro del post anterior)
jueves, 19 de febrero de 2009
El sentido de la vida.
El autor pasea por distintas interpretaciones de la vida que, por eso mismo, pretenden dotarla de sentido --inherente o atribuido-- ya que, según parece, debería contar con uno que justificase su existencia misma. De la significación inherente de la vida al nihilismo, que pertenece a esos "metafísicos desilusionados", incluidos los existencialistas y los gurús del pensamiento postmoderno, no va tanto trecho. Como observa con toda razón en algún momento, si la vida puede sentirse "nauseabundamente absurda" es, precisamente, porque se tenían ciertas expectativas.
Sigo pensando, aunque pese a los filósofos, que los sabios más grandes de la Historia han sido siempre los poetas (en sentido amplio) gracias, precisamente, a lo que les distingue de aquellos: su asistematicidad, su capacidad para relacionar los mundos posibles, sin comprometerse con ninguno, su distancia próxima o su proximidad lejana, su incoherencia, incluso. El comentario de la obra de Beckett , esquiva y ambigua, me parece ilustrativo en esta línea. El dramaturgo está a medio camino entre el modernismo y el postmodernismo. La espera de los mendigos es una especie de nada, pero entretanto se vive. Podemos postergar de modo permanente el sentido, lo cual ya es casi una razón para vivir, ese continuo diferir la razón desde el presente. La otra cara, la postmoderna, radica en que esa demora no es indefinida: las cosas se vuelven brutalmente ellas mismas, de suerte que ni la vida tiene sentido ni deja de tenerlo.
Entre las etiquetas donde se ha pretendido alojar el sentido de la vida, la más fecunda ha sido la felicidad. Pero ya parece bastante problemático definirla o circunscribir su objeto como para que el quid deseado dé la buena nueva. Entre el estado mental y la cuestión social, tenemos representantes de todas las tendencias. La idea más seductora me parece la de Aristóteles, quien la vincula a la idea política ya que se alcanza a través de la virtud. Implica, en pocas palabras, "la realización creativa de las facultades humanas típicas de la persona", algo "que hacemos y somos en la misma medida". Felicidad, bienestar, placer, satisfacción... grados de la idea.
El poder, el amor, el honor, la verdad, la libertad, la razón, la autonomía, el Estado, la nación, Dios, la contemplación intelectual, etc., etc., son otros posibles candidatos a ocupar la posición de la felicidad en cuanto dadores de sentido. Freud, por ejemplo, empezó creyendo que el sentido radicaba en el deseo y terminó desplazándolo a la pulsión de muerte. Del conjunto de ambas nociones algo se puede sacar.
De la contemplación de Spinoza a la posición wittgenstainiana de que el sentido de la vida, por encontrarse más allá de todas las preguntas, no puede ser una metafísica sino una práctica, hay un abismo que no se puede saltar graciosamente, y que precisa de la ética. No es algo separado de la vida, sino algo que hace que vivirla merezca la pena, o sea, que el sentido de la vida es la vida en sí, "vista de una cierta manera".
Esa cierta manera, una especie de ágape o amor, otra característica etiqueta tradicional. Amor y felicidad son formas de definir ese cierto modo de vida, aproximaciones a lo inefable, aquel con un alcance social, dentro de la máxima reciprocidad posible; este desde un componente individual. No están enfrentados, son complementarios como los miembros de un grupo de jazz. A gran escala, su conexión implica la subordinación de la ética a la política.
Así entendido, dice Eagleton, el sentido de la vida se aplica en una dirección, pero se parece sospechosamente a la ausencia de sentido, en tanto que utopía. ¿Qué más da? Vivir. Y basta.
P.S.: Ya sé que los filósofos me darán para el pelo.
Cosmética del enemigo
Nada de perder toda esperanza
Curioso. Tanto que nos quejamos de que no leen y resulta que, pese a todo, la calidad literaria se distingue, se aprecia y se disfruta desde el primer instante, por cualidades intrínsecas. Igual no deberíamos ser tan mojigatos con las obras seleccionadas. En 2º (de la E.S.O., también), hubo división de opiniones sobre Farenheit 451, pero un aplauso unánime por el momento para Pedro y el Capitán, de Mario Benedetti. Me costó mucho, ahora pienso que por prejuicios estúpidos en cuanto al argumento, sugerir esta lectura; me ayudó a decidirme comprobar que el 80% de los chavales ha jugado al Call of Duty y está más que familiarizado con su cruento arranque. Además, se trata de una obra sobre la dignidad humana, no acerca de la tortura, continuamente presente, aunque fuera de escena. Recomiendo este enlace para su estudio: http://www.ucm.es/info/especulo/numero39/espreso.html
Vale.
viernes, 6 de febrero de 2009
Días de vino y rosas

Las interpretaciones de Carmelo Gómez, siempre sólido en las tablas, y de una espléndida Silvia Abascal, por momentos por encima del otro agonista, resultan una grata sorpresa para quienes no han olvidado el desgarro o la ternura a que mueven los personajes del film. Esta última, una actriz a quien ahora lamento no haber seguido con continuidad desde sus divertidos orígenes en Pepa y Pepe, se ha convertido en mujer bellísima que dista mucho de aquella adolescente juguetona, pasota, y una extraordinaria profesional.
En definitiva, ha sido uno de los mejores momentos que he pasado en el teatro en los últimos años. No me paga el teatro Lara, ¿eh?
Vale.
jueves, 5 de febrero de 2009
El niño con el pijama de rayas
Conclusión: puede servir. A los niños les gusta. Más o menos, quiero decir. Por ahora, he probado un comentario de texto sobre el capítulo 7 en chavales de 1º y 2º de ESO. Quizá más adelante sea una lectura completa, aunque no sé.
