sábado, 7 de marzo de 2009
Wittgenstein
(Tomado del libro del post anterior)
jueves, 19 de febrero de 2009
El sentido de la vida.
El autor pasea por distintas interpretaciones de la vida que, por eso mismo, pretenden dotarla de sentido --inherente o atribuido-- ya que, según parece, debería contar con uno que justificase su existencia misma. De la significación inherente de la vida al nihilismo, que pertenece a esos "metafísicos desilusionados", incluidos los existencialistas y los gurús del pensamiento postmoderno, no va tanto trecho. Como observa con toda razón en algún momento, si la vida puede sentirse "nauseabundamente absurda" es, precisamente, porque se tenían ciertas expectativas.
Sigo pensando, aunque pese a los filósofos, que los sabios más grandes de la Historia han sido siempre los poetas (en sentido amplio) gracias, precisamente, a lo que les distingue de aquellos: su asistematicidad, su capacidad para relacionar los mundos posibles, sin comprometerse con ninguno, su distancia próxima o su proximidad lejana, su incoherencia, incluso. El comentario de la obra de Beckett , esquiva y ambigua, me parece ilustrativo en esta línea. El dramaturgo está a medio camino entre el modernismo y el postmodernismo. La espera de los mendigos es una especie de nada, pero entretanto se vive. Podemos postergar de modo permanente el sentido, lo cual ya es casi una razón para vivir, ese continuo diferir la razón desde el presente. La otra cara, la postmoderna, radica en que esa demora no es indefinida: las cosas se vuelven brutalmente ellas mismas, de suerte que ni la vida tiene sentido ni deja de tenerlo.
Entre las etiquetas donde se ha pretendido alojar el sentido de la vida, la más fecunda ha sido la felicidad. Pero ya parece bastante problemático definirla o circunscribir su objeto como para que el quid deseado dé la buena nueva. Entre el estado mental y la cuestión social, tenemos representantes de todas las tendencias. La idea más seductora me parece la de Aristóteles, quien la vincula a la idea política ya que se alcanza a través de la virtud. Implica, en pocas palabras, "la realización creativa de las facultades humanas típicas de la persona", algo "que hacemos y somos en la misma medida". Felicidad, bienestar, placer, satisfacción... grados de la idea.
El poder, el amor, el honor, la verdad, la libertad, la razón, la autonomía, el Estado, la nación, Dios, la contemplación intelectual, etc., etc., son otros posibles candidatos a ocupar la posición de la felicidad en cuanto dadores de sentido. Freud, por ejemplo, empezó creyendo que el sentido radicaba en el deseo y terminó desplazándolo a la pulsión de muerte. Del conjunto de ambas nociones algo se puede sacar.
De la contemplación de Spinoza a la posición wittgenstainiana de que el sentido de la vida, por encontrarse más allá de todas las preguntas, no puede ser una metafísica sino una práctica, hay un abismo que no se puede saltar graciosamente, y que precisa de la ética. No es algo separado de la vida, sino algo que hace que vivirla merezca la pena, o sea, que el sentido de la vida es la vida en sí, "vista de una cierta manera".
Esa cierta manera, una especie de ágape o amor, otra característica etiqueta tradicional. Amor y felicidad son formas de definir ese cierto modo de vida, aproximaciones a lo inefable, aquel con un alcance social, dentro de la máxima reciprocidad posible; este desde un componente individual. No están enfrentados, son complementarios como los miembros de un grupo de jazz. A gran escala, su conexión implica la subordinación de la ética a la política.
Así entendido, dice Eagleton, el sentido de la vida se aplica en una dirección, pero se parece sospechosamente a la ausencia de sentido, en tanto que utopía. ¿Qué más da? Vivir. Y basta.
P.S.: Ya sé que los filósofos me darán para el pelo.
Cosmética del enemigo
Nada de perder toda esperanza
Curioso. Tanto que nos quejamos de que no leen y resulta que, pese a todo, la calidad literaria se distingue, se aprecia y se disfruta desde el primer instante, por cualidades intrínsecas. Igual no deberíamos ser tan mojigatos con las obras seleccionadas. En 2º (de la E.S.O., también), hubo división de opiniones sobre Farenheit 451, pero un aplauso unánime por el momento para Pedro y el Capitán, de Mario Benedetti. Me costó mucho, ahora pienso que por prejuicios estúpidos en cuanto al argumento, sugerir esta lectura; me ayudó a decidirme comprobar que el 80% de los chavales ha jugado al Call of Duty y está más que familiarizado con su cruento arranque. Además, se trata de una obra sobre la dignidad humana, no acerca de la tortura, continuamente presente, aunque fuera de escena. Recomiendo este enlace para su estudio: http://www.ucm.es/info/especulo/numero39/espreso.html
Vale.
viernes, 6 de febrero de 2009
Días de vino y rosas

Las interpretaciones de Carmelo Gómez, siempre sólido en las tablas, y de una espléndida Silvia Abascal, por momentos por encima del otro agonista, resultan una grata sorpresa para quienes no han olvidado el desgarro o la ternura a que mueven los personajes del film. Esta última, una actriz a quien ahora lamento no haber seguido con continuidad desde sus divertidos orígenes en Pepa y Pepe, se ha convertido en mujer bellísima que dista mucho de aquella adolescente juguetona, pasota, y una extraordinaria profesional.
En definitiva, ha sido uno de los mejores momentos que he pasado en el teatro en los últimos años. No me paga el teatro Lara, ¿eh?
Vale.
jueves, 5 de febrero de 2009
El niño con el pijama de rayas
Conclusión: puede servir. A los niños les gusta. Más o menos, quiero decir. Por ahora, he probado un comentario de texto sobre el capítulo 7 en chavales de 1º y 2º de ESO. Quizá más adelante sea una lectura completa, aunque no sé.
jueves, 18 de diciembre de 2008
Punset y sus viajes
Para mí es, como dice medio en broma medio en serio Andreu Buenafuente (o sea, como dice siempre las cosas importantes), un sabio. Esa paz que proyecta, propia de la vida retirada que cantara Fray Luis, justamente, procede de un interior en calma, donde se me ocurre que la inquietud más perversa podría ser una reflexión acerca del posible canibalismo de las eucariotas o si la soledad del hombre se puede parangonar con las de las estrellas en un universo en expansión, sobre fondo vacío. Claro, así cualquiera.
Pensaba haberme dedicado a anotar algunas de sus ideas más celebradas, al menos por mí, comenzando por El viaje a la felicidad, siguiendo por El viaje al amor y terminando por ¿Por qué somos como somos?, los tres libros que he leído de este divulgador científico genial, a veces histriónico gracias a un sentido del humor nada corriente. Son parte, los tres, de una biblioteca más amplia de publicaciones resultantes del programa Redes, de TVE2.
En lugar de eso, propongo media hora entretenida de entrevista en un programa de humor, donde discurre sobre la felicidad como ausencia de miedo, en la sala de espera de la felicidad, siempre y cuando se tenga alguna sensación de control sobre la propia vida; plantea la ausencia de dolor que define la belleza o la necesidad de emocionarse ma non troppo; trata sobre la soledad, la incapacidad de decidir racionalmente, el imposible cambio de opinión (que ya descubriera la Psicología social), versa acerca de la muerte y, curioso, sobre la adolescencia como enfermedad --pobres niños--, entre otras muchas cosas.
