lunes, 28 de diciembre de 2009

Un paréntesis: Acerca de "barrendero"

Revisando mis apuntes de la carrera para el bonito tema de Semántica de las oposiciones, encontré un pequeño trabajo que improvisé para Violeta Demonte en una de las asignaturas que, por entonces, impartía en la UAM. Versaba sobre una duda que manifestó en clase y que quise responder. Veréis qué (e)lucubración absurda. Quede aquí, con Dios.

"Acerca de barrendero"

La dificultad de segmentación que presenta el término "barrendero" no ofrece lugar a dudas. No existe en castellano una presunta raíz *barrend-. Si consultamos el DRAE, hallaremos barrer, barredero, barredura, barredor e, inexplicablemente, barrendero.

La existencia de la secuencia -nd-, hace pensar en la eventual procedencia de la voz de un participio de futuro pasivo, lo cual introduce la dificultad de explicar el cambio semántico acaecido, así como su independencia de la raíz primigenia que parece haber dado amparo a los restantes términos de su familia.

Por otra parte, la tendencia de la nasal hacia la síncopa, en el caso de admitir que la totalidad de estas palabras tienen origen en el participio referido, no parece tan acentuada (salvo en algunos casos, como el prefijo trans-) como su inclinación a la epéntesis. La nasal, en efecto, puede cambiar (rencilla > reñir; cfr. Varela, 1996), pero no suele perderse, sino todo lo contrario, como puede observarse en los siguientes ejemplos (tomados de notas personales en cursos de Ramón Lodares, RIP):
MATTIANA > manzana
MACULA > mancha
La inserción de la nasal podría deberse en estos casos a un fenómeno de asimilación progresiva y refuerzo consonántico.

Volvamos al principio: Barrer procede del latín: VERRERE (la segunda E, breve, aunque no puedo marcarlo) > barrer (con el cambio disimilativo de la primera vocal). Sería lógico suponer que para el profesional encargado de realizar esta actividad, en el momento en que surge la necesidad de creación lingüística, se gestara una formación como: Barrer > *Barrero (cfr. profesional dedicado a barrer). No obstante, tal derivación colisiona con la palabra barrero (i.e. "alfarero"), que se debe desenvolver en contextos sintácticos idénticos a los de la mala formación anterior. Ello da lugar a la interposición de una dental, suerte de interfijo, como rasgo fonológico pertinente para la distinción de ambos derivados, suscitando un caso análogo al de panadera <> Barre(d)ero

Con todo, la distinción no resulta suficiente por la debilidad de la dental sonora intervocálica (fricativa en la pronunciación relajada), por su tendencia a caer. No hay más que observar la pronunciación de los participios en nuestros días. No es óbice, sin embargo, para la existencia de barredero, pues su categoría gramatical es distinta, motivo por el que no entra en conflicto.

Así pues, la necesidad de la lengua de un término adecuado para designar la profesión del que barre, pervive. No resulta suficiente barredor, que se refiere a cualquier persona que realice la actividad de barrer y que pertenece, asimismo, a la categoría de adjetivo. Para solucionar la cuestión diferenciando netamente los dos vocablos en disputa, se produce una epéntesis de nasal. No es una banalidad que se trate justamente de este sonido. En la secuencia fónica, la nasal que precede a la dental sonora (fricativa entre vocales) oclusiviza a esta última. Así se obtiene una formación más estable, capaz de distinguirse nítidamente de barrero, respondiendo a las necesidades expresivas consignadas.

En conclusión, el término barrendero procede, conforme a esta hipótesis, por derivación de barrer, a través de dos epéntesis sucesivas que refuerzan, consonánticamente, una distinción pertinente desde el punto de vista fonológico.

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Varios libros con comentarios pendientes

Es imposible decir nada sensato de todos los libros de los que tenía pensado escribir. Por fortuna, tengo mala memoria, lo cual me permite ver dos veces la misma película sin saber cómo termina y también disfrutar dos veces de la misma novela en un estado de virginal atención. Resulta, desde luego, mucho menos positivo a la hora de ejercer de crítico o de contertulio. Un día de estos, por cierto, recordadme que trate del término "tertuliano", que parece nombre de emperador romano. Adriano, Tertuliano...

Sin más dilación:
Dejé escrito un comentario justo pero incompleto de la colección de cuentos de Piglia, quizá el mejor escritor vivo en lengua castellana, titulada La invasión. Desde entonces, he querido corregir esa opinión con la más acorde a lo que pienso: Desde el relato "Mata-Hari 55", el libro gana mucho. Lamentablemente, no puedo por virtud de la memoria, hacer referencia a cada uno de los cuentos que lo siguen. Recomiendo su lectura, en todo caso.

Un compañero y amigo me sugirió tres lecturas. De ellas, dos me han defraudado, dentro de un orden, y la tercera ha colmado y superado cualquier expectativa. Hablaré aquí de las dos primeras: Se trata de El maestro y margarita, de Mijaíl Bulgákov y de La línea negra, de Jean-Christophe Grange. Este último es autor de Los ríos de color púrpura, acción de la que vi la peli y me gustó, con una buena interpretación de Jean Reno. Por lo visto, se ocupó incluso del guión. La historia de Reverdi, que tiene tintes cinematográficos, qué duda cabe, es poco más que una curiosa novela negra. He leído tantas de niño que difícilmente me sorprenden y le vi el plumero, pero se lee bien. La primera se me presentó como una disparatada aventura de un demonio juguetón, y eso es. No me hizo demasiada gracia, a pesar de que la avalara también la muchacha de la librería donde la compré. En fin, puede que se trate de un defecto congénito de tantos que tengo.

Vale.

Unos meses amordazado

Después de una lucha a brazo partido con las operadoras, he logrado una conexión a internet en mi nuevo domicilio. Debo pedir disculpas a los dos o quizá tres seguidores habituales o esporádicos del blog, hasta puede que haya quien me echara de menos. Prometo ponerme al día y escribir un post semanal o cosa así.
Es año de oposiciones, de manera que leo menos por afición y gusto y más por obligación. Sin duda, se notará en el blog. Incluso en el tono. Espero que jugarme el puesto no me inquiete tanto como para resultar un plomo.
Hale, empezamos.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Disfraces del Lazarillo


He publicado esto en el número de junio de la revista del insti:



Disfraces del Lazarillo



Las novelas, a veces, se disfrazan: No les queda más remedio. El Lazarillo empleará hasta tres máscaras diferentes para poder ver la luz allá por los años cincuenta del siglo XVI. No se olvide que se trata de una obra peligrosa por hallarse en lucha abierta con el poder establecido, por una parte, y sumamente novedosa por su técnica y por su temática literarias, por otra, de manera que por este procedimiento pretende ser asimilada a géneros y formas conocidos, pasar por lo que no es y ocultar, asimismo, lo que en verdad la constituye, a fin de ser aceptada entre lectores y editores. De que el ardid tuvo éxito es buena prueba su misma publicación.


En primer lugar, se hace pasar por una carta autobiográfica. No se conocían demasiado bien que digamos los procedimientos narrativos en la época en la que surge nuestra obra. A lo mejor convendría recordar que no existía la novela picaresca antes del Lazarillo ni mucho menos la novela, sin apellidos, tal y como la concebimos en nuestros días. La relación en primera persona de la propia vida era un género delicado en extremo: arriesgar una autobiografía en aquellos días no era una broma y apenas había unas pocas, mendaces y fantásticas, que narraran vidas de soldados. El propio Emperador, Carlos V, a la hora de dejar, más que lo dicho, una memoria política, se detiene una y otra vez a justificar su necesidad frente a la posible vanidad de reflejarse en ella como ser humano, intentando exculparse ante Dios y ante los hombres del peor de los pecados, el de soberbia, madre y fuente de todos los demás, como es sabido —no en vano hizo caer a cierto ángel de todos recordado—. Si un personaje tan ilustre encuentra tantos y tales motivos para eludir la responsabilidad de una autobiografía, ¿cómo es posible que el hijo de un ladrón de poca monta y una mujer deshonesta nos presente la historia de su vida, nada menos que con intención moral, cuando el caso que le hace tomar la palabra consiste en un más que probable adulterio de su mujer? La respuesta es más sencilla de lo que parece: porque no es una autobiografía. En otras palabras: Lázaro no escribió el libro, no escribió el Lazarillo
que tenemos en las manos; no es el autor, en definitiva. Pero la adopción de un recurso parecido a la autobiografía, aunque no lo sea, cumple su cometido a la perfección. Podría decirse que se trata del disfraz que ha de adoptar para que el público reconozca el género y apruebe el relato con su lectura.


Por concluir este apartado, desde el mismo punto de vista, si el autor de la obra no es a su vez quien la cuenta, es decir, Lázaro, debemos reconocer que éste tampoco escribió —aunque la carta pública era un género igualmente reconocible con el que se pudo camuflar nuestra novela— una epístola a un destinatario real de más claro linaje, cuyo nombre nos es desconocido, sino a un receptor interno o narratario. El pícaro no pasa de ser, pues, como decimos, un personaje destinado a padecer los sucesos de la historia lectura tras lectura y, desde luego, un narrador, prisionero también en el texto por naturaleza, sin una ventana al mundo empírico, al mundo en el que nosotros respiramos, comemos o bebemos, o en el que hablamos —por lo menos algunos— de este o de aquel libro.


Este disfraz de técnica literaria lleva aparejada una segunda máscara. Al mostrársenos como un escrito original de un tal Lázaro de Tormes, nacido —literalmente— en el río y residente en Toledo en el momento de tomar la pluma, en la frontera entre realidad y ficción que define el empleo de la primera persona narrativa, el texto se decanta justo por la defensa de lo que no es: No se nos aparece como un relato meramente verídico, sino verdadero; no pretende parecer realista, sino real. Y es altamente probable que se tomase por real y por verdadero entre los lectores coétaneos de la obra, índice de que el disfraz dio resultado.


Pero para su publicación todavía debía superar un obstáculo más. Se afirma con frecuencia y con no poca razón que en la época a la que venimos refiriéndonos nos encontramos en un momento de enorme experimentación literaria. No obstante, los libros que pasan por los talleres de imprenta son, en proporción abrumadora, de gusto medieval. Los libreros, aquellos negociantes que no sólo distribuían los libros sino que sufragaban los gastos de la publicación del texto, apostaban sobre seguro y optaban por garantizarse cuando menos la recuperación de los costes por el sencillo expediente de llevar adelante tan solo éxitos comerciales ya probados. Si uno vuelve la vista a los años de publicación de La vida del Lazarillo de Tormes, se puede constatar que entre 1550 y 1554 aparecieron tres ediciones de novelas sentimentales (dos de la Cárcel de amor y otra del Processo de cartas de amores), cuatro traducciones (dos italianas: las novelas cortas de Bandello y, por supuesto, el Decamerón; y dos clásicas: las fábulas esópicas y Teágenes y Cariclea, de Heliodoro), una novela bizantina (Clareo y Florisea), un contrafactum (Libro de cavallería celestial del pie de la rosa fragante), la autobiografía de Diego Núñez de Alba, una obra pastoril (Menina e moça) y la Comedia pródiga. Fuera de esa lista miscelánea, destacan por su presencia mayoritaria los libros de caballerías, que indiscutiblemente miran hacia el pasado sin afán experimental alguno. Entre las fechas dadas, no sólo se publican el Lisuarte, Rogel de Grecia, Lepolemo o el Palmerín, sino que el Amadís se edita en varias ocasiones y, lo que es más importante, abundan en las prensas los relatos caballerescos breves, género al que se ha prestado poca atención, a pesar de aportar el vestido editorial del Lazarillo. Así, Canamor, el Guillermo, Pedro de Portugal, Fernán González u Oliveros, cuya historia se publica hasta en cinco ocasiones, son el modelo del que se vale el autor de nuestra novelita picaresca para pasar al mundo de los libros vivos, de la letra impresa, so pretexto de contar, como ellos, una corta narración anónima de base folclórica y popular y de ceñida ejemplaridad moral —más que discutible en nuestra obrita, aunque se pueda asumir—. Pero el Lazarillo es una isla. Ni tiene antecedentes, ni dejó estela.


Como una golondrina no hace Verano, habrá que esperar hasta final del siglo y albores del siguiente a que un tal Mateo Alemán se fijara en el personaje quinientista y redactara Guzmán de Alfarache, que no sabemos muy bien en qué consiste, mas fundamental e imprescindible en la génesis de la novela moderna, con parada en Cervantes para que podamos hablar del surgimiento de ese género llamado «novela picaresca». Pero esa es otra historia.

miércoles, 12 de agosto de 2009

Mulholland Drive y el Club Silencio, "solo para locos"

Antes era más gracioso o más listo (o más tonto) cuando escribía. Menos académico, seguro. En septiembre de 2006 dejaba esto en la red:


Mulholland Drive y el Club Silencio, "solo para locos"

Desconcertado todavía por Mulholland Drive. Si alguien la ha entendido, agradeceré que me eche una mano porque no se me ocurren más que explicaciones delirantes, incoherentes como la vida misma. Y en pleno teatro mágico, la zozobra producida por la excepcional interpretación de NW, que me recuerda a la que me provocó SJ en Lost in Translation. Y eso que no me van las rubias.

Si hubiera escrito anoche, bajo la influencia de la mejor película de Val Kilmer (salvo que haya olvidado su participación en el Padrino, que no creo), estaría recordando la etimología de "Hillary" y que el perro de San Roque no tiene rabo, pero Lynch me ha puesto... no sé: metafísico, o sea, atontao.


Hoy añado las pistas que dio el director para desvelar el misterio, siempre dentro de su máximo respeto, qué morro, a cualquier posible interpretación personal, el cierre-espectador, vaya, adaptando a Eco. Probaré otra vez a ver si me entero de algo siguiendo el rastro:

1. - Al inicio de la película, hay dos pistas antes de los créditos.
2. -La lámpara roja.
3. - El título de la película para la que Adam Kesher prueba actrices y reparar en si se menciona de nuevo.
4. - Dónde se produce el accidente.
5. - ¿Quién entrega una llave? ¿Por qué?
6. - Los siguientes objetos: un cenicero, una taza de café y una alfombra.
7. - ¿Qué sucede dentro del club Silencio?
8. - ¿El talento fue lo único que ayudó a Camilla?
9. - Qué ocurre con el hombre que está detrás de "Winkies".
10. - ¿Dónde está la tía Ruth?




Para quienes no se puedan aguantar dejo el sitio Lost on Mulholland drive, donde también hallará las respuestas a esas pistas de Lynch. Verbigracia, la número 10. Queda todo diáfano: O la tía Ruth existe, o no existe. Hale. Y a otra cosa.

P.S. "Solo para locos" viene de Hesse, de su lobo estepario, por supuesto.

miércoles, 5 de agosto de 2009

Algunos libros más sobre la Segunda Guerra Mundial

Después de muchos años de no leer más que ensayos o libros de los Siglos de Oro, empezar a dar clases me ha permitido seguir otra derrota. Aparte de los libros que ya haya mencionado por aquí (pienso en El niño con el pijama de rayas o Paradero desconocido, que acaba de aparecer), como estoy haciendo una suerte de revisión para poner al día el blog, diré que transcurren durante o tratan de la Segunda Guerra Mundial otras tres novelas que tengo delante: Reencuentro, de Fred Ulhman (1960, 1971; ahora, Tusquets, 2008); El lector, de Bernhard Schilink (1995, hoy en Anagrama, 2009) y Vida y destino de Vasili Grossman (Galaxia Gutemberg).

La primera, novelita de reconciliación, no me parece nada de otro mundo. La segunda, historia de amor cuyo telón de fondo pasa a primer plano al cambiar la condición (profesional) de la mujer implicada, tiene más chicha. En particular, el asuntillo del analfabetismo. No he visto la peli, así que no opino.

Pero la tercera, Vida y destino, es una joya. Sin duda, es la mejor novela realista que he leído, y un libro duro. Como esta valoración depende de lo que haya leído, comentaré solo de pasada que da sopas con honda a su referente máximo, nada menos que Tolstoi. Su tratamiendo de la guerra en la trinchera, su humanismo reflexivo, su compasión (en sentido etimológico) la convierten en una lección sobre la condición humana y sobre la dignidad, eso sin perder de vista otros méritos, como su estudio de la burocracia, esas cadenas de la libertad, nota máxima del Estado comunista, seña de su omnipotencia sobre el individuo; o sobre la responsabilidad de la investigación científica o el descubrimiento --uno entre miles--de algunos rasgos de carácter dominantes en el siglo XX, como, por ejemplo, la sumisión:
Hubo episodios en que se formaron enormes colas en las inmediaciones del lugar de la ejecución y eran las propias víctimas las que regulaban el movimiento de las colas. (p. 261)
Tremendo.

O el hallazgo del desolador escepticismo en que madura precozmente la juventud: "En general, es estúpido creer. Hay que vivir sin creer" --dice una joven, contraponiendo su generación a la de su tía. Y cuando le replican preguntando si esa es la filosofía del teniente con el que mantiene relaciones, responde lo siguiente: "Dentro de tres semanas irá al frente. Ahí está la filosofía: Hoy está vivo, mañana ya no." (pp. 954-955)



La calidad literaria también se mide en la obra de Grossman por la profundidad de sus personajes, la solidez de la trama o su capacidad sorpresiva o conmovedora incluso cuando ya uno no espera más que el anticlímax que lleve dulce y triste a las últimas líneas. No le sobra una palabra, en sus más de mil páginas. Creo que no es poco decir.

La foto es de Arkady Shaiket. Un acierto editorial, la portada.

Por añadir algunos títulos más sobre el tema, recomiendo uno que me gustó mucho hace demasiado como para comentarlo: En busca de Klingsor, de Jorge Volpi, con la carrera por la bomba como tema y anuncio que un día de estos leeré a Rees (hace años que tengo Auschwitz esperando en la estantería). Por cerrar el asunto, aparte del testimonio de Ana Frank pero hasta cierto punto en la misma línea, contamos con otros dos de primer orden, ambos referidos a su permanencia en campos de concentración: Imre Kertész y Primo Levi. Del primero leí varios libros hace unos años, cuando le otorgaron el Nobel: Yo otro, Kaddish por el hijo no nacido, Sin destino. No me convencieron demasiado. La trilogía de Levi (o eso pensé que era, por la oferta editorial) resulta más emocionante. Empezando por el título de la primera parte. La componen: Si esto es un hombre, La tregua, Los hundidos y los salvados.

martes, 4 de agosto de 2009

La buena letra


La buena letra
se resume en un gigantesco NO en las narices, es un enorme bofetón en la boca.





Costó, pero no tanto, que mis alumnos entendieran semejante cosa. Ellos habrían hecho una síntesis mucho más larga, más detallada, menos eficaz. Quizá no es libro para su edad. Pero les gustó.

El resto de Chirbes lo dejo para cuando sea capaz de leer las diez primeras páginas de Mediterráneos, que anda por aquí, sin dejar de apreciar el del título del post.